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Es muy común que no nos decidamos a castrar a un gato hasta que el marcaje en casa se ha vuelto un problema o cuando nos encontramos que vuelve, día sí y día también, herido de sus “noches de juerga”. Los propietarios intentan, muchas veces retrasar este momento porque se sienten culpables ante la idea de "mutilar" a su amigo. Es un error considerar al gato como a una persona en ese sentido, el animal no se sentirá la falta pues no es consciente de la misma.

 Por el contrario la castración supone una serie de beneficios para nuestro amigo. Aumenta la esperanza de vida, al salir menos de casa disminuye el riesgo de ser atropellados, también suele reducirse la agresividad, dado que no existe competición sexual, y por tanto se evitan muchas heridas, que pueden llegar a ser muy graves, e incluso la transmisión de enfermedades graves (leucemia, inmunodeficiencia felina...) transmitidas por vía sexual o a través de mordeduras y arañazos. 

Con la castración también ayudamos a controlar la población felina y en consecuencia a minimizar el problema del abandono.

Debemos ser conscientes de que algunos gatos conservarán los comportamientos sexuales aunque estén castrados, esto se debe al comportamiento aprendido (se ve más en animales castrados tardíamente), a la impregnación del cerebro de hormonas masculinas desde el nacimiento y a la secreción de hormonas sexuales por las glándulas suprarrenales.

 

 
 
 

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